
Hoy todos hemos sido del Athletic. Todos hemos vibrado con esa aficción que, quizás compartido con la del Atleti, es la mejor de España. Y que llevaba mucho tiempo sufriendo tras haber sido la de uno de los tres mejores equipos de España. 24 años sin ver a su equipo en lo más alto (sólo la tregua de quedar 2º en una liga en los 90, con Luis Fernández en el banquillo) de nuestro fútbol. Dos generaciones de bilbainos esperando a este momento, rebentando las gradas e invadiendo el campo como nunca podían haber hecho hasta ahora para después ir a recorrer la cuidad celebrándolo, a ver a su Athletic donde nunca había debido dejar de estar. La misma que hace meses que tiene reservados hoteles enteros en Valencia para el día de la final, porque se olían que ya tocaba.
Pero para los románticos del fútbol, no sólo la deuda histórica nos lleva a apoyar a este equipo. El hecho de no renunciar a sus raíces, a su cantera, a una filosofía que lleva manteniendo 111 años y que sólo ellos mantienen en estos tiempos de globalizaciones y leyes Bosman le da a su triunfo un mérito y un valor especial. Y más cuando juegan su competición, la que les hizo grandes.
Y aunque vayan a cambiar San Mamés por un estadio más moderno, La Catedral siempre será La Catedral…
Y que vayan sacando la gabarra…



(en un Stamford Bridge a rebosar a pesar del rival) y Arsenal y quedarse a pocos minutos de eliminar al Tottenham remontando un 4-1 en la ida (las semis sí son a ida y vuelta) y meterse en la final; o en la FA Cup al Swansea de Roberto Martínez (también de segunda) humillando en juego a todo un Portsmouth (que además es el actual campeón) en su campo, hacen aparecer irremediablemente una envidia sana de una competición que en España se está viendo condenada al ostracismo y con partidos que parecen más de entrenamiento de suplentes que oficiales, con casos extremos como el Mallorca-Betis de hace un par de semanas que acogió a sólo 2000 espectadores. De verdad, hay que hacer algo para salvar la Copa.