Una vez más la Fórmula 1 demostró que no es un deporte como los demás. Una vez más la Fórmula 1 demostró que no sólo se trata de dar vueltas alrededor de un circuito hasta que cae la bandera a cuadros. Una vez más la Fórmula 1 demostró (aunque me cueste parafrasear a Gonzalo Serrano) que si parpadeas un momento te puedes perder un vuelco en la competición.
Y eso nos pasó a todos cuando parpadeamos al ver a Hamilton pasar a Glock en la última curva, para sorpresa de todos y decepción de la torçida brasileña y los tiffosi de Ferrari. Fue sobrecogedor ver un contraste tan grande, el pasar de tenerlo todo a no tener nada en un par de segundos y las lágrimas de Massa en la vuelta de regreso al paddock fueron la representación de todo lo que sentía la afición. Las lágrimas de Massa eran las lágrimas de Brasil que ya soñaba con su nuevo héroe. Finalmente, será Gran Bretaña la que disfrute de un campeón del mundo casi 15 años después de que lo consiguiese Damon Hill.
El final de ayer fue, como digo, un broche de oro a una temporada magnífica, donde la climatología ha sido generosa con el espectáculo (ayer no fue menos y el tiempo cambiante casi echa a Hamilton del título) y donde, aunque fuera por los múltiples errores de los de arriba (también una constante hasta cuando se estaban jugando el título en las últimas vueltas), nadie tenía asegurado nada.
Pero si hay que quedarse con algo es con lo reforzada que sale la Fórmula 1 de este campeonato, por mucho que la prensa minimice lo vivido ayer en Interlagos y le de más importancia a cualquier tontería que haya pasado en cualquier partido mediocre de fútbol. Creo que las normas que Ecclestone y la FIA están implantando han ayudado y mucho a la mejora del espectáculo, que al fin y al cabo es la esencia de la Fórmula 1. Y el próximo año serán más y mejores: reducción de aerodinámica (alerones traseros más pequeños), el KERS, etc… que ayudarán a igualar el rendimiento entre monoplazas. Esperemos que todo ayude a que veamos un campeonato más emocionante, si cabe.
No podemos esperar.


Si hay algo que me ha llamado la atención en el GP de Brasil de Fórmula 1ha sido el público que ha asistido al circuito. A torçida ha vuelto a demostrar que han sido, son y serán la aficción que más vive la F1. Creo que es la primera vez que en televisión se escucha a las gradas por encima del ruido de los monoplazas, llegando casi a dejar en un susurro al coche de Massa a sus paso por las gradas. Aunque no es algo nuevo. Interlagos siempre es una fiesta de la F1de la que tendrían que aprender en otros deportes. Para un pueblo como el brasileño, con una gran tradición automovilística, el fútbol y la Fórmula 1 son casi religiones que hacen que se puedan evadir durante un tiempo de las penurias en las que vive la mayoría de la población.
Aún así, llevaban en Brasil mucho tiempo esperando a ver a uno de los suyos luchar por el mundial. Desde los tiempos del gran Ayrton Senna nadie había tenido ocasión real de ser campeón del mundo habiendo nacido en el país del ordem e progresso. Ésto, unido a que el candidato es de Ferrari (Brasil es ferrarista) y que la carrera decisiva es en casa han creado un espectáculo en las gradas digno sólo de los grandes acontecimientos. Porque para ellos es una ocasión histórica de encontrar al sucesor de Fittipaldi, Piquet y Senna, por muchos obstáculos que tenga que superar mañana en la carrera. Un héroe nacional al que idolatrar como a su nuevo profeta, del que están huérfanos desde que Ayrton ocupara su lugar como Dios en el cielo.
Si bien ya hacía tiempo que este chaval atraía las miradas del mundo del automovilismo hacia las categorias inferiores en las que estaba, ya se podría decir que Jaime Alguersuari es el futuro (yo incluso diría que inmediato) de la Fórmula 1.
El catalán se suma a una lista de nuevos talentos que, cada vez más jóvenes dan al salto a la máxima categoría y compiten al más alto nivel contra pilotos consagrados. He ahí el caso del favorito para ganar el mundial Lewis Hamilton, de pilotos que ya han demostrado que con un coche ganador pueden aspirar a todo como Robert Kubica o Sebastian Vettel (ambos ya saben lo que es ganar en F1, siendo éste último el ganador más joven de un Gran Premio y con el hándicap de conducir uno de los troncos de la parrilla, bajo un aguacero y en un escenario mítico), y otros que tienen talento, pero no posibilidades de demostrarlo como Rosberg o Adrian Sutil. Junto a ellos, otros que pronto darán el salto de GP2 (Senna, Buemi y compañía). Con este panorama, el futuro de la F1 se presenta apasionante y más con las nuevas reglas que la FIA pretende implantar para mejorar el espectáculo e igualar el rendimiento de los monoplazas. No puedo esperar a verlos en acción.
Ya está confirmado. Nadie quiere ganar el Mundial de Fórmula 1. Sólo así se puede explicar que con 16 carreras disputadas el primero tenga sólo 84 puntos sobre 160 posibles y que en los momentos clave de la temporada, los favoritos den espectáculos como el de Singapur hace dos semanas o el de hoy en el monte Fuji.
Ferrari no es lo que era. Hace unos años, ver el despropósito que hoy protagonizaron en el box del Marina Bay Street Circuit sería algo inimaginable, pero si nos olvidamos de la espectacularidad del suceso, ya a pocos ha sorprendido que Ferrari haya tirado una carrera por un fallo tonto.